Carol, la subversión del cuento de Navidad

Carol y Therese

Carol (2015) de Todd Haynes se ha convertido en mi película navideña favorita. Ha desbancado a clásicos como el Grinch, Qué Bello es Vivir, Love Actually o Polar Express, al menos en mi imaginario particular de películas que consumir junto al árbol y el belén. Para mí es algo tan esencial como las luces, el turrón o el invicto «All I Want For Christmas» de Mariah Carey.

Pero, ¿cómo determinamos si un film entra dentro del género de película navideña?

Podría responder escuetamente y contestar simplemente con un «porque yo lo digo», y, en parte, no estaría del todo equivocada. La Navidad supone una festividad tan globalizada como perteneciente a la intimidad y familiaridad de cada individuo, y en esa duplicidad reside parte de su encanto. Puede ser que conozcamos a una persona que durante estas fechas se dedique a ver Mad Max porque a través de la costumbre y repetición se haya convertido en una tradición con connotaciones navideñas. ¿Quién soy yo entonces para rebatir si su película navideña puede serlo o no? Aunque, evidentemente, no lo sea.

En cualquier caso, sí que existen unos precedentes sobre los que podríamos definir, de forma muy generalista, las bases que conforman el género:

  1. Películas cuya trama principal gira entorno a la Navidad y que sus protagonistas se ven influenciados por la misma. Ejemplos: Solo en Casa, Qué Bello es Vivir.
  2. Películas ambientadas en época navideña pero que la Navidad no juega un papel especial en la trama. Ejemplos: Eyes Wide Shut
  3. Películas especialmente populares durante las festividades navideñas. Ejemplos: Harry Potter, Sonrisas y Lágrimas
Navidad Ron Weasley

Carol es el epítome una película navideña

Según el autor de esta clasificación, Carol se encuentra en el segundo tipo; se trata de una película ambientada en Navidad, pero que la festividad no influye sustancialmente en la trama ni en los personajes. Yo postulo que precisamente Carol sí es una película genuinamente navideña (y no de categoría media). La clasificaría dentro del primer grupo. Mis razones:

  • Causa-efecto. Carol debe comprar un regalo para su hija. De no existir esa necesidad, el efecto de conocer a Therese no hubiera sucedido.
  • Regalos justificados. Es cierto que no debe haber motivos por los que realizar un regalo a un ser querido, pero el decoro y la sutileza en cuanto a unas intenciones románticas es algo que debía guardarse con especial interés. Estamos a principios de los años 50, no lo olvidemos. Tanto la cámara fotográfica de Carol como el vinilo de música de Therese serán elementos sobre los que la narración se apoya para explicar el romance entre ambas. La fotografía ayuda a explicar los distintos estados del enamoramiento de Therese (deslumbramiento, desengaño, melancolía, deseo). La canción de Therese, en cambio, al tratarse de una música diegética, nos ayuda a formar parte de la escena y sentir que realmente las estamos observando desde un pequeño agujero en la puerta, saboreando ese pequeño momento de despreocupación y «Easy Living» que las dos protagonistas se podrán permitir únicamente en esa escena.
  • Conflicto familiar. Desde luego, Rindy hubiera sido tema de discusión entre Carol y su marido en cualquier época del año, pero tener que turnarse a la hija de ambos durante Navidad agravó el tono.
  • Clímax en Fin de Año. Clímax de la película, clímax de la relación y culminación del romance. Los fuegos artificiales se escuchan a través de una radio y los espectadores no pueden esperar otra cosa que ese beso que suele precederse. En toda la cinta no se produce un acercamiento físico hasta ese justo momento.
  • Ambiente melancólico. Aunque no es un punto fundamental en la trama, sí que ayuda a entender la soledad y aislamiento de los personajes cuando contrastan con planos que representan el ambiente festivo de la Navidad: familias tradicionales, parejas afectuosas, entre otras.
Fotografía de Carol Aird
Una de las fotografías de Therese
Carol y Therese escuchan Easy Living de Billie Holiday

Clásico del cine

¿Puede un clásico ser subversivo? Un cuento navideño clásico debe seguir una cierta estructura narrativa que conduce al espectador o lector a reflexionar. Pretende ser pedagógico al presentar una moraleja final.

Tanto en Cuento de Navidad como en Qué Bello es Vivir se presenta una situación conflictiva límite (en el último ejemplo, incluso en contra de la moral cristiana al tratar el tema del suicidio). El protagonista pasa a ser espectador de las consecuencias de su toma de decisiones en un arco que finalmente concluye con la rectificación o redención del mismo.

Esto no pasa en Carol. Carol y Therese sí presentan una situación conflictiva como fuese la homosexualidad en los años 50 en EEUU. Ambas también pasarán por el arco de las consecuencias pero no como meras espectadoras protegidas por una escena de simulación: en este caso, las consecuencias son reales y ningún ángel puede devolverlas a otra realidad.

Aunque no las pueda devolver a un pasado, sí que existe la figura de ese ángel protector que se ve encarnado en el personaje de Abby Gerhard:

  • Advierte a Carol de la juventud de Therese, por el bien de ambas.
  • Protege a Carol y Therese cuando Harge acude a su casa en busca de Carol.
  • Cuida de Therese una vez Carol debe marcharse abruptamente.
  • Antepone los intereses de Carol a los propios porque la quiere con sinceridad y sin ningún tipo de egoísmo.

Advierte de los peligros, protege cuando estos ya son inevitables y se hace cargo de las heridas. Abby Gerhard, te has ganado tus alas.

Abby Gerhard ángel protector

Pero el arco de las consecuencias no puede culminar en ninguna redención. Abby no tiene esa clase de poderes y la cinta nos conduce a pensar que no habrá ningún tipo de conclusión satisfactoria para las protagonistas.

Aquí es dónde radica la subversión: el cuento presenta el conflicto pero nunca lo resuelve. Si bien es cierto que sí se alude a un supuesta solución (la de Carol en terapia y conservando a su hija), lo hace de una forma completamente contraria al cuento tradicional: en este caso, los espectadores somos testigos de que el remedio se convierte en un supuesto todavía más doloroso que la realidad.

En el cuento tradicional, el viaje de redención tiene sentido porque tanto protagonista como lector son conscientes de la culpabilidad, desviación e incluso amoralidad del causante del conflicto y, finalmente se arrepienten de sus actos y se produce del llamado milagro navideño. Patricia Highsmith, autora del libro en el que se basa la película, realiza un acto de valentía tan sutil como elegante al obligar a buscar otro culpable. ¿Otro culpable que no fuera una homosexualidad más que perseguida y estigmatizada? Quisiera recordar que Highsmith publicó su libro coeataneamente a la época en la que se sitúa la novela. Brava no, bravíssima.

El conflicto inicial sigue siendo el mismo pero lejos de querer remediarlo, los espectadores no buscamos ese Deus ex Machina que lo solucione. Su estructura sigue el patrón clásico, pero revierte sus elementos de forma sutil: nos conduce a cuestionar que si realmente existía un problema, este no es propio de las protagonistas y, por tanto, no existe ningún arco de redención para ellas.

La moraleja final

Si el problema nunca fue de Carol o Therese, ¿qué lección se nos puede mostrar en este cuento de Navidad?

Carol vuelve la mirada a los otros: a Harge, a su empleada del hogar, al detective, a los empleados de los grandes almacenes y a los espectadores. El conflicto no es más que los otros, la sociedad que ha demonizado la homosexualidad durante tantos siglos. Simplificando, es ese el único problema que impide la construcción de una conclusión completamente feliz. De hecho, muchas veces se habla de un final feliz en Carol, pero es una felicidad frágil, agridulce, enturbiada por la perdida de Rindy. No es un final justo.

Somos únicamente nosotros los que hemos de cargar con el peso de la redención, la introspección necesaria para cambiar y finalmente alcanzar ese ansiado final feliz de Carol, de Therese, o de cualquier otra pareja de mujeres homosexuales.

Todd Haynes y Patricia Highsmith actúan como nuestros ángeles y son ellos, los narradores, que desde la comodidad de una butaca de cine, nos dan un paseo por la consecuencias de la homofobia y, concretamente, de la lesbofobia. Esperemos que algún día nuestro arco redentor finalice y ambos se ganen sus alas.

Qué Bello es Vivir
Marina Marz

Lectora empedernida, escritora en ciernes. Bastante obsesionada con la época victoriana y Virginia Woolf. A veces me queda tiempo para videojuegos y música clásica.

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