Amanda Palmer: el arte de la vulnerabilidad.

Creo que es muy difícil intentar abarcar la figura de Amanda Palmer en profundidad en un único post. Es un símbolo en el mundo de la música, el arte, la performance, los colectivos LGBTQ+ y feministas, es una pionera del crowdfunding, bloguera, conferenciante… Y también ha sido el centro de varias polémicas por ser una rebelde en la industria musical y por su manera de vivir (que sea una mujer con un estilo de vida liberal siempre ha escocido y ha provocado que muchos la critiquen, ataquen y machaquen por sus errores más de lo que lo harían si Palmer fuera un hombre). Se podría decir que todo lo que sabemos y lo que se intuye de ella, da para un libro – ella ya ha escrito alguno – y ni de lejos me atrevo a decir que sea una experta al 100% en la materia, así que voy a tratar de presentárosla contándoos cómo la he ido conociendo yo, a ver si pico vuestra curiosidad.

El arte de pedir

Conocí a Amanda Palmer allá por 2013, aunque ya había oído hablar de ella y había visto fotografías suyas en varias revistas musicales extranjeras y en algún blog. Mi mayor pregunta con respecto a esta persona en aquel momento era bastante superficial: “¿se pintará las cejas así cada día o las lleva tatuadas?”. No me había animado a escucharla aún, pero lo cierto es que me resultaba un tanto intimidante, ya que en sus fotos siempre parecía una tipa demasiado guay para el mundo y que probablemente era consciente de ello.

Pero de repente me topé con su charla TED “The art of asking (El arte de pedir)”. Y cómo se me abrieron los ojos con respecto a ella y con respecto a cómo funciona o podría funcionar la industria musical. Amanda se presentaba, para mi sorpresa, como una mujer cálida, cercana y humilde; llena de inquietudes creativas y humanas y con muchas ganas de conocer de verdad a las personas.

En esta charla hablaba de sus vivencias como música, artista y de las lecciones aprendidas de su época haciendo de estatua viviente; de sus experiencias durmiendo en casas de fans estando de gira y de cómo decidió basar su trabajo en el crowdfunding (aunque con este asunto hubo bastante polémica cuando, tras conseguir muchísimo más dinero del esperado para su disco, ofreció a los fans ir con ella como músicos de gira a cambio de “cerveza y abrazos”… Y, bueno, aunque la intención era buena y nadie estaba obligado a ir, acabó pagando a esos músicos y a todos los que habían girado anteriormente con ella).

Steampunk e intimismo

Después de esto decidí escuchar sus discos, empezando por el homónimo de The Dresden Dolls, su proyecto más famoso, en el que ella tocaba el piano y cantaba acompañada del batería Brian Viglione. Fue un verdadero flechazo. Si bien es verdad que tiene un estilo de cantar muy peculiar que puede no gustar a todo el mundo y que su género musical perdido entre el punk y el cabaret con altísimas dosis de teatralidad puede resultar difícil de asimilar, sus letras sí que pueden resonar dentro de mucha gente por tocar cualquier temática con empatía y profundidad, desnudando su alma con un tono que se mueve entre la dulzura y el desgarro. Letras sobre amor, sexo, desengaño, solidaridad entre mujeres, pero también sobre temas como el abuso de menores, todo con un curioso fondo steampunk, parecen retratar el mundo interior de Amanda, con sus luces y, sobre todo, sus sombras.

No tardé en empezar a escuchar sus trabajos musicales en solitario, en los que se acrecienta la carga intimista de sus letras, a la vez que varía y se arriesga más con las temáticas, sobre todo a la hora de realizar videoclips como el de “Guitar Hero” o “Want It Back”. En los últimos tiempos ha tratado temas como los abusos de Harvey Weinstein en “Mr. Weinstein Will See You Now” y llamó mucho la atención su vídeo para la canción “Mother”, en el que declara su firme cronvicción de que todos merecemos amor, incluso el presidente Trump.

Una voz contra la opresión

No sé si puedo referirme a ella como una activista, pero es cierto que hay una gran carga política en su obra y que no ha dudado a la hora de levantar la voz contra la opresión; tanto cuando el periódico Daily Mail se metió con ella porque en un concierto se le vio un pecho y decidió responder tocando desnuda una canción dedicada al citado diario, como a la hora de dejar clara su posición en asuntos como el aborto y el recorte de libertades de las mujeres que puede suponer su prohibición. Durante la explosión del Me Too también alzó la voz mostrando que este movimiento y sus efectos la tocaban de cerca:

me too. raped at 20. and talking with so many women who havent accepted until now how much we’ve ignored/shaken off as simply “annoying”.

(«Yo también. Violada a los 20. Y hablando con tantísimas mujeres que no habían aceptado hasta ahora cuánto hemos ignorado o quitado de encima como si fuera simplemente «molesto»).

En estos últimos años, Palmer ha pasado por diversos altibajos y situaciones vitales que han hecho que su proceso creativo se viera afectado, al menos formalmente. Por ejemplo, fueron muy sonadas las duras e injustas críticas que recibió cuando anunció que iba a ser madre, dejando en evidencia la discriminación que sufren las mujeres a raíz de la maternidad (respondió a estas críticas a pesar del mal trago que le supusieron, que la Amanda es mucha Amanda) y, por otro lado, tragedias personales han hecho que salga una versión más oscura y melancólica de sí misma en sus últimos trabajos, pero sigue llevando por bandera un mensaje de amor y de que mientras tenga algo que crear y contar, no va a rendirse.

El arte de ser vulnerable

Se me ocurren muchas cosas, muchas más anécdotas, pero me dejaría otras tantas y este post no acabaría nunca, así que voy a ir terminando diciendo que para mí es una delicia seguir a Amanda Palmer por las redes y que verla interactuar con su marido, el escritor Neil Gaiman, es de lo más adorable que hay. Pero cuando se abre en canal y habla de lo que la enfada o duele es brutalmente honesta. Nunca dejará de ser una figura que genera una cierta controversia, pero yo no puedo evitar admirarla a ella y admirar esa vulnerabilidad de la que hace gala. Muchos no dejan de cuestionar si esa vulnerabilidad es genuina o si es parte de una performance, pero yo me inclino a pensar que tiene más de real que de teatro, sobre todo después de leer su libro, llamado también «El arte de pedir», en el que cuenta muchas de sus anécdotas y vivencias más personales y cómo éstas han fijado su manera de vivir su vida y su arte y de tratar de ver (que no de mirar) a los demás. A alguien que nos pide tan encarecidamente tener más fe en las personas, es lo mínimo que le debo, ¿no?

Os dejo una playlist para quienes queráis empezar a sumergiros en su música. ¡Disfrutadla y hasta la próxima!

Afri DeLarge

Melómana, cantante de rock y fan de las tartas. A veces escribo cosas.

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