La Mujer Rota

Pronto será Halloween. A pesar de no ser una celebración propia de países católicos, el imperialismo cultural estadounidense ha conseguido exportarlo a cada rincón del mundo, y en España las personas que adoramos las cosas siniestras lanzamos la culpabilidad al cuerno y festejamos la Víspera de Todos los Santos entre calabazas, murciélagos y fantasmas. Y muchas, muchas historias de miedo.

He adorado las historias de terror prácticamente desde que aprendí a hablar, y llevo desde los quince años siendo una representación antropomórfica del espíritu de Halloween, así que he tenido mi buena ración de casas embrujadas y de espíritus del más allá. Pocas cosas me deleitan más que idear disfraces macabros para ser, por una noche, ese monstruo que tiene a todo el mundo sin dormir. No obstante, al ir creciendo me di cuenta de que mis opciones no eran tan abundantes como me hubiera gustado. Estaba el fantasma, claro. La vampiresa. Un año me dio fuerte por la novela del siglo XIX y me disfracé de “suicidio romántico”, con soga al cuello y todo. Después de eso, supuse, la evolución obvia era volver al fantasma.

Aunque técnicamente una chica puede jugar a ser cualquier cosa en Halloween, la inspiración proporcionada por la literatura y el cine de horror es reducida. Los pocos ejemplos de monstruos femeninos que se nos dan son subordinados a sus originales masculinos y, sobre todo, a su atractivo físico (la novia de Frankenstein, las novias de Drácula). No vemos casi nunca monstruos repugnantes identificados como femeninos. No hay versión femenina de la Criatura de la Laguna Negra, ni licántropas transformadas en busca de carne fresca, salvo honrosas excepciones (gracias, Ginger Snaps). Esto obedece a la cosificación sexual de los cuerpos femeninos, por supuesto: una mujer no puede tener poderes sobrenaturales sin ser a la vez material de paja, no sea que los chicos se asusten de verdad. Pero hay otra cosa que tenían en común aquellos disfraces míos de Halloween, algo más insidioso y muy incómodo: los monstruos femeninos suelen haber llegado a serlo a través del trauma.

Fantasmas, vampiresas y otras criaturas femeninas han tenido que sufrir o morir (aunque sea de manera transitoria) para obtener sus poderes, y muchas veces siguen arrastrando el sufrimiento de su vida anterior en ésta.

Medusa, antes que la famosa y aterradora gorgona, fue también una víctima. 


Fantasmas, vampiresas y otras criaturas femeninas han tenido que sufrir o morir (aunque sea de manera transitoria) para obtener sus poderes, y muchas veces siguen arrastrando el sufrimiento de su vida anterior en ésta. Medusa, la aterradora gorgona con cabellera de serpientes y mirada paralizante, era una víctima de violencia sexual castigada, literalmente, por haberse dejado violar en el lugar inadecuado. La Llorona aterroriza a quienes se aventuran por la noche con sus llantos, pero su vagar es motivado por el arrepentimiento de haber asesinado o perdido a sus hijos. La Dama Blanca, un arquetipo de fantasma que aparece en casi todas las culturas, es casi siempre una doncella inocente fallecida antes de tiempo o una madre primeriza muerta en el parto. Drácula, el vampiro más conocido de la cultura occidental, es un hombre, pero sus víctimas son casi siempre asustadas mujeres en camisón a las que subyuga, drena y luego reclama para sus huestes (y no seré la primera en trazar una analogía entre la alimentación vampírica y la violación, así que lo voy a dejar estar).

El hecho de que las historias de terror suelan ser dramáticas y violentas y llenas de gente muerta tiende a esconder el hecho de que las mujeres que nos aterrorizan han sido víctimas primero, y necesariamente, antes de ser monstruos. Que sus poderes sobrenaturales emanan de traumas muy humanos y muy reales para las mujeres de a pie. Fantasmas, almas errantes y otros delicados engendros femeninos han sido quebrados antes de volver del otro mundo.

A este tropo le llamo “La Mujer Rota”.

El arquetipo de la Mujer Rota es occidental y hunde sus raíces en la literatura del siglo XIX, especialmente en el Romanticismo y la novela gótica: a pesar de que podemos encontrar antecesoras en otras épocas, es de ahí de donde hemos heredado directamente a los etéreos espectros femeninos y las aterradas víctimas que chillan arriba y abajo de la mansión encantada en ropa de dormir. También hemos heredado, casi sin cambios, el paradigma moral del que nace. El siglo XIX fue el escenario de la revolución económica, política y social de la Industrialización; con ella vinieron los gobiernos liberales y la burguesía como nueva clase dominante, y con la burguesía, un modelo nuevo de mujer. La misoginia de la Edad Moderna, de raíces grecolatinas, estaba llena de arpías lascivas que embaucaban a los hombres y les sorbían la fuerza. La nueva mujer decimonónica, por contra, era un ángel del hogar: virginal, inocente, frágil e impresionable. La víctima perfecta.

La Mujer Rota, siendo humana, cumplía este arquetipo. Era joven, antes de que el tiempo marchitara su belleza virginal y le “agriara el carácter”. Era, casi siempre, virtuosa y sumisa, muchas veces en perjuicio suyo; hay algún ejemplo de transformación en monstruo como castigo por transgredir las normas patriarcales, pero no son mayoría. A veces ha sido víctima de una injusticia de la que nadie la defendió, como la Novia Cadáver o Carrie; otras, fue ultrajada más allá de toda reparación y prefirió (o su autor la obligó a) morir antes que vivir en desgracia, como Lucrecia o doña Inés. Esta metamorfosis macabra nos recuerda que, en una sociedad que culpabiliza a las mujeres de su propio abuso, sólo se contempla con benevolencia a una víctima si ya está muerta; pero también se enfoca como una tragedia, pues significa que el patriarcado pierde a una mujer que funcionaba perfectamente según sus estándares. La Mujer Rota es una feminidad fracasada, y la feminidad fracasada es monstruosa. La criatura resultante vaga lamentando su desgracia, buscando a sus hijos, señalando con dedos incorpóreos al hombre que la dañó pero incapaz de obtener descanso.

La Mujer de Negro (2012)

El tropo de la Mujer Rota se cruza una y otra vez con el tema de la enfermedad mental femenina.

A veces, incluso, parece que se la está castigando por haber sufrido, y que el castigo es perpetuar ese sufrimiento. En American Horror Story: Murder House, Moira O’Hara es violada y luego asesinada por la esposa celosa de su violador, y se la condena a sufrir la eternidad convertida en un objeto de deseo para los hombres. En “La Mujer de Negro” el espectro de Eel Marsh House es una madre soltera que se suicidó tras ver cómo su propia hermana la declaraba mentalmente incapaz para arrebatarle a su hijo, y que en venganza toma las vidas de los niños de la localidad. En “Mamá” la repulsiva criatura titular se lleva a dos niñas huérfanas porque añora a su propio bebé, arrancado de sus brazos al escapar ella de un “hospital para gente triste”.

(sí, el tropo de la Mujer Rota se cruza una y otra vez con el tema de la enfermedad mental femenina. pero eso es material para otro artículo).

Los monstruos masculinos sólo hacen daño a sus víctimas. Los monstruos femeninos también se hacen daño a sí mismos.

Y aunque me estoy centrando en las historias de terror por la cercanía de Halloween y porque soy un cliché andante que hace picnics en el cementerio, realmente la Mujer Rota campa a sus anchas por todos los tipos de ficción. La idea de que una mujer no puede transformarse ni empoderarse sin sufrir un trauma previo (un trauma con fuerte carga de género) aparece en el intento de agresión sexual que dispara la trama en Thelma y Louise, en la violación de Sansa Stark en Juego de Tronos, o en el “Cell Block Tango” del musical Chicago, donde las seis únicas asesinas de la cárcel han sido condenadas por matar a sus parejas infieles. Fracaso como madres. Celos. Violencia sexual. Una mujer no puede ser un monstruo y punto, necesita una justificación. Y esa justificación casi siempre es traumática.

La Mujer Rota es un tropo muy escurridizo, y de los más prevalentes hoy en día, a pesar de los avances que se han hecho en representación femenina. Incluso historias abiertamente feministas como “El cuento de la criada” se recrean en el horror de la tortura y el maltrato de los cuerpos femeninos para provocar empatía por las protagonistas. El trauma femenino se exprime una y otra vez para darle profundidad a los personajes, ya sean las propias mujeres o los hombres que las rodean (ahí está el tropo de la mujer en la nevera. Obviamente una dosis de sufrimiento y conflicto es necesaria para darle movimiento a cualquier trama, pero cabe preguntarse por qué siempre son los mismos personajes los que tienen que sangrar para obtener la inmortalidad. Y si no será posible que, entre tanto cadáver, un personaje femenino pueda ponerse las garras y los dientes por decisión propia, porque sí, sin un triste trasfondo que le recuerde otra vez a las espectadoras que cuando salgan de la sala de cine seguirán siendo víctimas predilectas.

Nure-Onna

Hay pequeños, tímidos intentos de cambiar esto. Hace poco Tinta Púrpura Ediciones lanzó su convocatoria “Adopta una monstruA”, buscando relatos cortos protagonizados por monstruos femeninos con una especificación única: debían ser monstruos repugnantes. No sensuales vampiresas ni delicados fantasmas, si no engendros feos y aterradores, como la Nure-Onna y la Ojáncana. Bichos que una no quiere encontrarse debajo de la cama, y que desde luego no andan llorando por los rincones por una maternidad frustrada. Les gustan los niños como a la que más, claro, pero en un sentido más gastronómico.

Uno de los descubrimientos que solemos hacer durante nuestro despertar feminista es el  de que las mujeres tenemos derecho a la maldad. Esto es, no derecho a ser malas y a herir a otros sin consecuencias, si no a ser juzgadas como malas personas, no como Malas Mujeres. O como Mujeres Fallidas. Rotas. La ficción juega un papel muy importante en nuestra visión de nosotras mismas. Llevamos siglos siendo Favole, vampiresa lánguida y bella y eternamente triste, y no ha estado mal, pero la tentación de ser ruin y horrible y no tener que pedir disculpas, como la Malvada Bruja del Oeste, cada vez es más grande. No creo que sea coincidencia que mi estética haya pasado del fantasma suicida de mi adolescencia a la bruja de mi adultez. Las brujas no son víctimas. Toman sus propias decisiones, viven solas y tienen el fascinante poder de dañar a quien las ha dañado. No están indefensas ante los horrores del mundo patriarcal, y sus poderes no han surgido de una horrible tragedia, si no que han sido transmitidos por otra bruja, una relación de colaboración y tutoría entre mujeres.

Las brujas no son víctimas. Toman sus propias decisiones, viven solas y tienen el fascinante poder de dañar a quien las ha dañado.

…o de un pacto con el Diablo, vale, pero qué puedo decir, si en lugar de padecer dolor y muerte tengo que besarle el trasero a una cabra gigante para poder invocar un spray de pimienta cuando me dé la gana, me lo pienso. Para las mujeres, el mundo entero es la noche de Halloween, oscura y aterradora y plagada de monstruos, dulces envenenados y manzanas con cuchillas escondidas. Quizá ya va siendo hora de que dejemos de correr y gritar en camisón. Quizá este año seamos nosotras el “quién” cuando el aterrado protagonista pregunte “¿quién anda ahí?”

Pasad un precioso Halloween (o Samhain). No os olvidéis de encender una lamparilla en la ventana para que vuestros antepasados encuentren el camino de vuelta a casa, poneos máscara para que los espíritus malos no sepan quiénes sois, y acordaos de que cualquier portal que abráis hay que cerrarlo después; el velo entre mundos está muy fino esa noche.

Y si pasáis delante de un espejo, tened cuidado. Puede que alguna de nosotras esté espiando desde el otro lado.

MJ Ceruti

MJ Ceruti es una historiadora renegada hispano-peruana. Escribe ficción inquietante y le da demasiadas vueltas a la última película de Marvel que vio.

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