Una historia de desigualdad

Ayer vi una película en la que la protagonista acababa de luchar con su antagonista que, tratando de evitar la derrota, propone una lucha de uno contra uno, a puñetazo limpio y sin armas. Me esperaba una nueva secuencia de lucha de varios minutos en la que al final ella, obviamente, sale victoriosa. Pero en lugar de eso, la tía se marca un Indiana Jones y le lanza una especie de onda vital sin pestañear y aquí ya estaba todo el pescado vendido. La cara de él, que no estaba herido de gravedad, denotaba su confusión y su sorpresa.

¿Cómo conseguir el éxito entre la desigualdad?

A lo mejor estoy hilando demasiado fino y aquí no había tanto que sacar más allá de la sonrisilla del espectador, pero yo capté algo de lo más empoderador en esa reacción tan chulesca de la prota. Las mujeres nos hemos pasado la vida tratando de hacernos un sitio en ámbitos históricamente masculinos, según reglas escritas en las que nosotras no hemos tenido voz ni voto. Parece justo y apropiado tratar de conseguir el éxito en igualdad de condiciones, basándonos sin más en los méritos y talentos que tenemos por nosotros mismos. Pero no nos engañemos: en la mayoría de los casos no estamos en nada parecido a un empate con los hombres por mucho que queramos, por mucho que hayamos estudiado, por mucho que hayamos trabajado, entrenado, leído, ensayado… Y no es justo que se mida nuestra valía por el mismo baremo. No es cuestión de victimismo ni de querer que nos hagan un favor: es cuestión de falta de referentes y falta de recursos.


Está en el grupo sólo porque está buena. Ni siquiera toca tan bien.

No es fácil para una chica decidir que va a ser la mejor música del mundo si cada vez que una mujer se sube a un escenario tiene que aguantar comentarios como “está en el grupo sólo porque está buena” o “ni siquiera toca/canta tan bien”. He ido a millones de conciertos durante mi vida y ni al músico más mediocre o al cantante más desafinado le han llovido tantas críticas negativas o destructivas como a una música que subiera e hiciera su trabajo de forma simplemente correcta. Es increíble lo fácil que resulta destruir la carrera o la reputación de una mujer cuando comete un error o no alcanza lo que se espera de ella en comparación con un hombre. Con nosotras nunca nada es suficiente. Tenemos estudiar para sobresaliente si queremos que nos den un aprobado.

No es fácil para una mujer decidir que va a ser la mejor en X campo si todos los referentes son hombres y si ciertas instituciones y personas nos siguen inculcando que ciertos oficios son principalmente masculinos y que mejor busquemos una opción que se adapte mejor a nosotras. No es fácil si, una vez consigues acceder a ese campo, te llueven las burlas y, en muchos casos, el odio. Quizá no debamos jugar al juego siguiendo las mismas reglas: quizá tengamos que romperlas, crear las nuestras, al menos hasta que se respete el hecho de que sólo queremos jugar, disfrutar del camino, aprender, realizarnos… Que no buscamos robarle su sitio a nadie ni pretendemos ser mejores sólo por ser mujeres.

¿Estamos ya en igualdad de condiciones?

Tal vez nuestra onda vital, nuestro “ataque sorpresa” sean las pocas alternativas que se crean para respaldar nuestra representación en los distintos ámbitos sociales con equidad (leyes de igualdad, concursos o festivales, talleres, eventos… enfocados a nuestra visibilidad y promoción). Tal vez nuestro superpoder sea el de ser capaces de gritar cada día más alto cuando vemos que nuestra visión y nuestra existencia siguen siendo ignoradas a pesar de ser más de la mitad de la población. Reconozco que a veces es tentador y fácil creerse eso de que ya no tenemos tanto por lo que luchar, que ya estamos en igualdad de condiciones con los hombres, que podemos relajarnos y continuar con nuestras vidas sin más. Que al menos ya tenemos acceso a estudios y oficios que antes nos eran impensables.

Pero no podemos olvidar los techos de cristal, la brecha salarial, que llevamos 12 asesinatos machistas este año aún con un sistema que supuestamente nos protege (que incluso nos protege demasiado como pensarán algunos que no quiero mencionar), que siempre van a cuestionar nuestras decisiones más que a un hombre (por lo general a músicos de mi alrededor nadie les pregunta qué harán con su carrera musical o sus proyectos una vez decidan establecerse y tener hijos, pero a mí y a muchas compañeras sí) y suma y sigue.

El inconformismo nos ayudará a afrontar el futuro con una competencia sana, haciendo verdadero alarde de nuestras virtudes y además nos enseñará a escuchar todas las experiencias de los demás porque sabremos más que de sobra que no podemos quedarnos con una sola versión del mundo ni de la historia. Que esta capacidad de mirar más allá y de buscar nuestra propia voz sea nuestra mayor fortaleza para lograr nuestros objetivos, para llegar a tener una verdadera relación de iguales con quienes nos rodean y para poder llegar a tener vidas realmente plenas (por nosotras, las demás y las que vendrán).

Afri DeLarge

Melómana, cantante de rock y fan de las tartas. A veces escribo cosas.

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